Una forma de vida activa siempre ha estado obligada a trabajar para sobrevivir, obligada a pasar la mayoría de su tiempo en actividades de mantenimiento de la vida. Pero con la tecnología se ha producido La Revolución. Gran parte del trabajo se hace ahora automáticamente para nosotros. Hemos aprendido a sacar mucho mayor rendimiento a nuestra energía.
Hoy, la mayoría del trabajo no está destinado a obtener directamente el sustento, sino a mantener el sistema. Sin embargo, este adelanto no se aprovecha de manera óptima. Se fabrican enormes cantidades de objetos y productos innecesarios, se trabaja en exceso y se pierden grandes cantidades de trabajo. Hoy, no se aprovechan las ventajas de la automatización. Un nuevo invento, una nueva máquina capaz de liberar a un hombre de su trabajo produce el efecto contrario. Aquellos hombres que deberían haber sido liberados de su obligación porque ya se realiza de forma automática, quedan destinados al paro. Se ven obligados a buscar otro sueldo, mientras unos pocos hombres se enriquecerán, todavía más, al no tener que pagarles.
Para la mayoría, el nuevo invento, liberador de trabajo, será visto como malo. Pero no. No son malos los automatismos, sino el sistema que los administra. Un sistema que fomenta el desequilibrio. Un sistema que engorda sin cesar, a los más gordos. El hombre sigue explotando al hombre. Hoy, existen los medios que conducen a la Edad de Oro, pero no existe la sabiduría para aprovecharlos.
La ciudad sin cielo, Ibán Munarriz
