Mis padres se trajeron su cultura musical a Gran Bretaña. Recuerdo acompañar a mi padre a las tiendas de discos a comprar soca, calipso y también discos de r&b y funk. Así que siempre asocié esa música con mi padre, quien técnicamente hacia de DJ en casa, cuando ponía los discos para la familia y los amigos. Escuchaba esos discos y veía como mis padres y sus amigos bailaban cuando montaban fiestas en casa.
Una noche, cuando estaba en mi cama en el piso de arriba, escuché como todos estaban pasándoselo en grande abajo y me levanté y los espié desde la barandilla de la escalera. Cuando mi padre me descubrió, me dijo: «Tienes dos opciones, puedes volverte a la cama o bajas y pones tú los discos» (eso le permitiría ahorrarse el tener que ponerlos él). Yo pensaba «esto es genial, puedo bajar y unirme a la fiesta de mis padres, y además poner la música que me gusta». Así que desde los ocho o nueve años ya me metí en esto de poner música. Así empecé.
Desde ese día, cuando iba a comprar discos con mi padre, empecé a reconocer la música que salía de los altavoces de la tienda. Sabía si lo que sonaba era jazz, reggae, latino, soca o funk y empecé a estar al tanto de los distintos sellos, géneros y sonidos. Sentía la música y qué es lo que se requería, en función del estado de ánimo de la velada; si tenía que ser rápida o profunda o instrumental, y poder así llevarlos de viaje. Entonces empecé yo a decirle a mi padre qué discos tenía que comprar.
Los ponía en un giradiscos que apilaba los discos, y cuando acababa uno tenía que esperar a que sonara el siguiente, por lo que pasaban dos o tres minutos sin que sonara música. Pero como mi padre también tenía un radiocassette. Lo que hacía era grabar los discos en cintas y etiquetarlos, de tal modo que mientras ponía el siguiente disco en el tocadiscos, cambiaba de phono a tape y ponía la cinta, y así siempre tenía música sonando.
Carl Cox
Balearic, Historia oral de la cultura de club en Ibiza, Luis Acosta y Christian Len
