[…] La semana laborable tenía veinte horas, pero esas veinte horas no eran una prebenda. Había muy poco trabajo de naturaleza rutinaria y mecánica. Las mentes de los hombres eran demasiado valiosas para gastarlas en tareas que podían ser realizadas por unos miles de transmisores, algunas células fotoeléctricas, y un metro cúbico de circuitos. HabíaSigue leyendo «Rashaverak»