[…] En la ciudad, para resistir el frío, se cometen pecados impensables en tiempos de abundancia. Se arrojan al fuego incluso los objetos sacros de las iglesias, catedrales, conventos y seminarios. En las primeras semanas solo se atentaba contra el mobiliario. Bancos, confesionarios, balaustradas, coros, órganos, armonios, sillas, y arcones acabaron en la lumbre. PeroSigue leyendo «Montaña y campo»