[…] -¿No crees en Dios?
Y aquel chaval, calculando todos los riesgos de su respuesta, como suicidándose feliz, y adoptando el acento con que hablaba su padre, le espetó lentamente:
-Todo lo que es nauseabundo, y fétido, y sórdido, y abyecto, se resumen en una palabra… ¡Dios!
Y eructó sonoramente. El padre Gregorio pareció más desamparado que aterrado. Hizo una larga pausa y sinceramente le confesó:
-Me sorprendes… me choca que con tu edad sepas utilizar la palabra abyecto tan correctamente.
La torre herida por el rayo. Fernando Arrabal.
